Desde que era pequeñito me gustan los vehículos antiguos. Aunque no me llegan los recuerdos, si lo hacen las historias que me trasladan a los tres añitos, cuando yendo con mi yaya Carmen de paseo y estando entre sus brazos mirando un escaparate dije "¡un coche pesioso!" refiriéndome a un coche de juguete de chapa amarillo, estilo años 30. Por supuesto el comentario deshizo la voluntad de mi yaya haciendola irrumpir en la jugueteria para hacerse con el cochecito como si fuese el secreto de la eterna juventud. 40 años más tarde el cochecito tiene su lugar en mi vitrina de colección. Ya no es amarillo, allá por mi adolescencia fue el primer vehículo que restauré, y pasó a ser azul. Ya armado vespista, allá por el 2003, decidí que había llegado el momento de hacerme con un vehículo antiguo, en ese momento de mi vida solo tenía cabida una vespa. Busqué, probé, huí, negocié, y fue, al pedir consejo a mi tío Matías, afamado mecánico vocacional, cuando encontré mi Vespa 150 S. Tenía el corazón robusto y le latía con fuerza, pero un pasado muy sufrido, 100% dedicado al trabajo. Maquillada para enmascarar el tiempo me la presentaron, pero los años, la inactividad y la desconsideración la hacían sentirse de nadie. Su compañero de fatigas se jubiló y la cambió por un puñado de pesetas sin preocuparse por su transferencia. Un cristal blindado se afianzaba entre nosotros, pero nada es imposible, y si el blindaje tiene una debilidad se puede buscar. Investigando localicé a una insegura viuda cuyo valor residía en su cuidadora. Tras una reiterada conversación surgió, entre el revoloteo de ángeles, la frase de la esperanza "yo no quiero problemas que la moto esta a mi nombre". En ese momento un ángel cuidadora descendió con la pluma con la que se rubricó el contrato de la luz.
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