miércoles, 18 de febrero de 2015

1997 ...

Llevaba tiempo desmotorizado y decidí volver a poner en marcha mi vieja Puch X-20. La pobre no servía para mucho más que un par de recados por la ciudad, y en uno de ellos se averío una vez más. Empecé a darle vueltas y decidí comprar un ciclomotor nuevo. Valoré todas las marcas, todas las modalidades (con marchas, automáticos, scooter, ...) y los que más me llamaron la atención fueron los scooters todoterreno, lo que me llevó a adquirir un Peugeot Squab. ¡Qué buen aparato! llamadlo feo, pero servía para todo, para la ciudad, para rutear por carreteras comarcales y nacionales y para salidas por el campo.
Con ella conocí a otros scooteristas de toda Andalucía, primero a través de la revista Soloscooter e internet y personalmente cuando se gestó el primer encuentro de scooteristas andaluces en Iznajar (Córdoba). A este encuentro acudí viajando con el club Vespacito rodeado de vespas.
Tras aquel encuentro se soltó del fondo de mi memoria una vespa roja que asombró al niño que viajaba en el SEAT 850 de mi padre de camino a la playa y que nos adelantaba con arrogancia. La vespa, a partir de entonces, empezó a retumbar en mi cabeza, hasta que, en abril del 2000, aproveche la renovación del carnet de conducir B para sacarme el A, y tras buscar y probar unas cuantas vespas de segunda mano me hice con una preciosa  TX 200 que recientemente cumplía 10 añitos.

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